«El sueño mexicano»: La cruda y hermosa radiografía de El País sobre la locura por el Tri

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El histórico pase de la Selección Mexicana a los octavos de final del Mundial 2026 no solo rompió estadísticas deportivas; desenterró las fibras más profundas de nuestra identidad cultural. Así lo retrata de forma magistral el periodista Zedryk Raziel en su reciente crónica para El País, titulada «El sueño mexicano donde el nunca se vuelve un quizás».

A través de una narrativa tan cruda como poética, el texto devela los fantasmas, las supersticiones y esa terca esperanza de una afición que, desafiando la lluvia y sus propias frustraciones históricas, desbordó el Paseo de la Reforma en una celebración colosal de más de 800 mil personas.

La dualidad del mexicano: Entre la fe ciega y la hostilidad

La crónica de El País destaca una verdad incómoda: el mexicano es escéptico por naturaleza porque «no está acostumbrado a que las cosas le salgan bien». Sin embargo, el fútbol opera como un catalizador donde el trauma histórico se suspende. Al ver el juego contra Ecuador, la pregunta colectiva mutó de un tímido «¿en qué momento nos volvimos tan buenos?» a un desafiante «¿Y por qué no?».

El texto no maquilla la realidad de los festejos nocturnos en el Ángel de la Independencia y el Zócalo; al contrario, retrata fielmente nuestras dos caras:

  • La solidaridad y la fiesta: La estampa de desconocidos abrazándose, cantando «Cielito Lindo», compartiendo tragos de la misma botella y atrapando en el aire a un compatriota lanzado al cielo nocturno. El mexicano que, en las buenas y en las malas, se ayuda.
  • El lado oscuro del pandemonio: La crónica también denuncia la hostilidad, el acoso en los apretujamientos, el robo de celulares, los insultos racistas en redes hacia el rival y el ruido infernal para no dejar descansar a la selección de Ecuador en su hotel.

El «gerundio de perder» contra la fuerza de voluntad

«El mexicano arrastra siglos de frustración, el éxito es una cosa extraña… pero es soñador». El artículo contrasta nuestra mentalidad con la de potencias como Argentina, Brasil o España, donde ganar es una costumbre. Para México, avanzar a octavos bajo el agua se sintió como una metamorfosis de la esperanza, esa misma que nos reseteamos cada Año Nuevo, cada sexenio o cada Copa del Mundo.

Al final, Raziel nos regala un retrato perfecto del trabajador nacional: ese que dio el alma en la borrachera monumental de un martes a la medianoche sabiendo que, a la mañana siguiente, la misma fuerza de voluntad lo levantaría con resaca para ir a ganarse el pan de cada día.

Con Europa sorprendida por una afición que festeja pasar a octavos como si hubiera ganado el torneo entero, el país se convence de lo imposible. La pregunta ya no es si se puede, sino quién vendrá a despertarnos de este sueño.

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