Libros de tu infancia que debes volver a leer de adulto y las razones que lo justifican
INFLUENCER GTO. Al igual que La Fábrica de Chocolate de Roald Dahl (en la que se basa la nueva película Wonka), hay muchos libros infantiles que deberíamos releer de adultos.
Desde Lewis Carroll (autor, entre otros títulos, de Alicia en el País de las Maravillas) hasta Antoine de Saint-Exupery con El Principito. Recordemos la respuesta que dio el primero cuando le preguntaron por qué, a su edad, insistía en escribir cuentos infantiles. “Hay libros preciosos que son solo para adultos, porque entenderlos presupone haber tenido experiencias adultas. Pero no hay libros preciosos que sean solo para niños”.
Si recordamos rápidamente lo que leíamos de niños, se trataba de los libros muy sugerentes, que encendían como una llama la imaginación más osada y mágica: nos trasladaban más allá de lo real y racional, y eso era lo único que necesitábamos.
Al mismo tiempo, gracias a su velado simbolismo (los árboles como símbolo de la vida; la serpiente, lo malvado; el zorro, la astucia…) aprendimos cómo debíamos comportarnos, guiados por la bondad y la empatía. Hacerse adulto es volverse un poco cínico: no se trata solo de dejar de creer en lo surreal, sino de fingir que lo que nos cuentan es la cruda verdad.
Dejar la incredulidad a un lado y sumergirse en otros mundos es un ejercicio que deberíamos practicar de vez en cuando: Ampliar la mente, sentir que estamos en otro lugar. Mantener la capacidad para maravillarse, para sorprenderse ante lo desconocido, fomenta la creatividad incluso si trabajamos en una oficina de 9 de la mañana a 6 de la tarde, esforzándonos por entregar una entrevista a tiempo.
La Fábrica de Chocolate, un clásico de Roald Dahl de lectura obligada en la escuela secundaria, también nos enseña a redescubrir a nuestro niño interior, y más ahora que llega a la gran pantalla Wonka, su adaptación al cine, protagonizada por Timothée Chalamet:
Estos son los libros infantiles que merece la pena releer de adulto:
#1 La Fábrica de chocolate, de Roald Dahl
Fue una de las lecturas obligatorias de mi clase cuando iba a sexto de primaria. La historia de Charlie, hijo de la familia más pobre que podamos imaginar, gana un billete dorado para visitar la increíble Fábrica de Chocolate, me pareció ya entonces una metáfora de la lucha de clases y la venganza (aunque quizá lo habría expresado con otras palabras). Me pareció imaginativo, surrealista, era un sueño imaginarme en aquel maravilloso lugar. Hace poco, de cara al estreno de la nueva versión cinematográfica, protagonizada por Timothé Chalamet, leí de nuevo esta novela que Roald Dahl escribió en 1968, y la encontré diferente. Y no en la línea del criticismo que ha venido a señalar las burlas de Willy Wonka hacia los niños con sobrepeso, sino por su crudeza y su perspicacia al abordar temas como la falta de ética, de justicia y de bondad. Una obra sobre la que no hacen mella ni el tiempo ni el cinismo de los adultos.

#2 Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak
Leí por primera vez este libro hace unos años, cuando comenzó a popularizarse en Europa (en Estados Unidos es un clásico infantil desde su publicación). La historia es sencilla: un niño se disfraza de lobo, empieza a correr por toda la casa y lo pone todo patas arriba hasta que su madre lo castiga mandándole a la cama sin cenar y gritándole: “¡Eres un monstruo!”. Como si esta premonición se hubiera hecho realidad, la habitación del niño comienza a poblarse de hojas, arbustos y pequeños animales, convirtiéndose en la tierra de los monstruos, de los que él se convierte en rey. Al final, la nostalgia de su familia se apodera de él y prefiere regresar a su habitación con la cabeza gacha. La moraleja de esta fábula resulta ambigua, pero sin duda se trata de una bella reflexión sobre la rabia y la soledad que invita a asumir responsabilidades. Imaginativo a más no poder, gracias también a las fabulosas ilustraciones que lo acompañan.

#3 Flush, de Virginia Woolf
Quizá no se trate de un libro estrictamente para niños, pero fue uno de los primeros “de verdad” que leí después de Geronimo Stilton y otros clásicos infantiles ilustrados. La historia sigue, desde su propio punto de vista, al perrito de la poetisa inglesa Elizabeth Browning, un cocker que se abre paso por el Londres del siglo XIX y narra todo lo que observa: gestos, objetos, relaciones humanas que no acaba de entender… Flush es apasionando por su escritura delicada, emotiva y de una ternura que nunca pasa de moda: al fin y al cabo, su autora es una de las figuras más grandes de la literatura del siglo XIX.

#4 Caperucita Roja, de los hermanos Grimm / Caperucita Verde, de Bruno Munari
Caperucita Verde es una reinterpretación moderna de Bruno Munari de Caperucita Roja, el clásico cuento de Perrault. Munari, famoso artista y diseñador, también concibió las versiones Caperucita Amarilla, Caperucita Azul y Caperucita Blanca, pero Caperucita Verde, la primera, se convirtió en un nuevo clásico, entre otras cosas, por la fuerza visual de sus ilustraciones. Caperucita Verde es una niña que adora su capucha, hecha de hojas: solo se la quita para ir a dormir. Su abuela le encarga que le traiga cosas verdes, como menta, perejil y ensalada, para lo que la niña deberá atravesar un bosque en el que hay un temible lobo. Las reinterpretaciones de Munari son menos truculentas que el cuento original de los hermanos Grimm y terminan con una hermosa reflexión sobre el poder de la amistad.

#5 Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll
Las aventuras de Alicia, que acaba en el País de las Maravillas siguiendo a un extraño conejo, son aptas para todas las edades. Además de una trama maravillosamente intrincada, al releerlo de adulta encontré elementos de sátira social que obviamente había pasado por alto de niña e ingeniosos juegos de palabras, pero lo fundamental es que me divertí mucho. Cada detalle es una delicia meticulosamente pensada; por ejemplo, el Mar de Lágrimas que crea Alicia tras comer una galleta mágica que la vuelve gigantesca, y en el que corre el riesgo de ahogarse cuando encoge. “No puedo volver a ser la de ayer porque era una persona diferente”, dice en un momento dado la protagonista, refiriéndose a los cambios en su cuerpo.

#6 Peter Pan, de J. M. Barrie
Leer un libro cuyo protagonista es un niño que no quiere hacerse mayor tiene quizás más impacto cuando ya lo eres, y te das cuenta de que crecer es un proceso irreversible. Por eso creo que es necesario releer Peter Pan en la edad adulta: da la sensación de que es un libro diferente al que recordábamos. De niños no podíamos entender la motivación del protagonista porque lo que más deseábamos era crecer para poder hacer aquello que no nos dejaban por ser demasiado pequeños. Releyéndolo me di cuenta de lo oscuro que es en sus reflexiones sobre ser adulto. Y no recordaba ese final tan nostálgico, libre y hermoso.

#7 Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K. Rowling
Fue en 1997 cuando una desconocidísima J.K. Rowling publicó el primer libro de esta saga dedicada a un niño llamado Harry Potter, así que nos hallamos ante su 25 aniversario. Para celebrarlo, la editorial Salani ha dado aires nuevos a sus portadas con imaginativos y espectaculares diseños. Si de niños nos centrábamos en las aventuras de Harry y sus amigos de la escuela de magia, y en todos sus hechizos, de adultos, la mirada se posa sobre la vida interior de cada personaje. El primer amor, las primeras malas notas, las primeras satisfacciones, el momento en que das con tu vocación: todos ellos son descubrimientos cíclicos y atemporales.

#8 El Principito
Volver a leer El Principito de Antoine de Saint-Exupéry en la adultez ofrece una experiencia única y enriquecedora por varias razones: En primer lugar, la obra aborda temas fundamentales de la condición humana, como el amor, la amistad, la soledad y la búsqueda de significado en la vida. A medida que envejecemos, nuestras perspectivas y experiencias se amplían, permitiéndonos apreciar y comprender más profundamente las complejidades emocionales y filosóficas que el libro presenta. Además, El Principito invita a la reflexión sobre la naturaleza de la realidad y la importancia de la imaginación en la percepción del mundo. Al regresar a la obra como adultos, podemos reinterpretar los simbolismos y las metáforas de una manera más sofisticada, encontrando capas de significado que quizás pasaron desapercibidas en nuestra juventud.

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